Cuando un monte se quema algo de todos se quema
Amiga Rosa. Hoy tengo el alma negra, como el negro en que se ha convertido las tierras que me vieron crecer y que tanto he estimado a lo largo de mi vida. Tengo el espíritu dolido con todo lo que ha ocurrido y que ha sido pasto de ese fuego purificador que cada diecinueve de marzo quema los malos espíritus en este paisaje que me acoge. El fuego es diferente.
Mientras que uno es
sinónimo de alegría, fiesta y jolgorio, el que me ocupa y preocupa en este
momento es todo lo contrario, es un fuego de muerte, de dolor y de destrucción.
Mis montes se han quemado y continúan quemándose orografía adentro.
Mis compaisanos de
esos muchos pueblos que están confinados o desalojados sufren por sus bienes
aunque hayan salvado lo más preciado que tenemos que somos nosotros mismos. Los
bienes, dicen, vienen y van, pero desgraciado de aquel al que se le van, nunca
sabe si podrá recuperar algo.
Mis compaisanos se
encuentran en lugares habilitados, en casas de amigos y de familiares a la
espera del regreso a lo suyo. Esperan con esperanza e ilusión pero con miedo a
ver lo que van a ver aunque se hayan salvado sus hogares. Los campos verdes se
han convertido en un paisaje lunar, árido, angosto, lleno de desolación con
unos pinares inertes, unos olivos quemados, unos almendros que no volverán a
florecer y unos alcornoques de no producirán corcho en muchos años. En fin, así
es el paso del fuego.
Hace muchos años ya
que comenzó este/os incendio/s que ahora se han hecho realidad y que nos han
llevado a vivir de espaldas a la naturaleza y que, probablemente, ella nos
devuelva ahora lo que le hemos hecho con tanto abandono, con tanto descuido,
con tanto dolor como le hemos ocasionado.
Ahora es el momento
de lamentarnos pero nuestros lamentos, nuestros olvidos y nuestra desolación
actual deben servir para algo. Deben servir para que se den cuenta de que el
clima está cambiando a pesar de los negacionistas que nos gobiernan. Debe
servir para poner sobre la mesa una planificación, a futuro largo, de los
espacios calcinados devastados, porque esto ha sido una devastación en toda
regla y debe servir, también, para que los ecologistas radicales reaccionen
desde muchos despachos para ordenar el futuro de la naturaleza.
Cuando, desde mi
ventana en Burriana, todavía veo llamas por los picos de la Sierra de Espadán,
mi corazón se revuelve contra lo que está ocurriendo y sólo deseo que quienes
la viven y en este caso quienes la están padeciendo vuelvan de inmediato como
señal de que el mal sueño se ha terminado. Ahora hay que empezar a recuperar lo
perdido, porque cuando un monte se quema algo de todos se quema.
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