Fin de semana de reencuentro con amigos
Volví, como vuelvo a los lugares que me gustan y en los
que me encuentro a gusto, bien por el lugar o bien por la gente con la que me
relaciono. Volví como vuelven las oscuras golondrinas ....... a conocer y
reconocer los lugares que ya conozco y que me ayudan a reencontrarme, otra vez,
con gentes que quiero y que me gusta estar con ellos, a pesar de las veces en
que nos reencontramos y que siempre es un placer compartir “momenticos”.
Digo pues que al volver y reencontrarme con Zaragoza lo
hice, también, con gentes a las que esperaba ver y compartir instantes
alrededor de una cerveza o vino y o lugares como El Pilar que tanto atrae a la
meditación y al sosiego en su interior, simplemente sentándote en uno de esos
bancos de la “santa capilla” a unas horas en las que hay poco público en su
interior y adentrarte a tus adentros.
Esos momentos en los que miras a tu interior te sirven
para repasar cosas, pendiente o no, de la vida propia de uno. Revisas instantes
y situaciones que en cualquier otro instante no llegan a tu mente por el
bullicioso discurrir de nuestras propias vidas.
Tras los instantes de revisión llega el momento de
reemprender el camino hasta el punto de destino. Me dirijo a Zuera. El teléfono
me indica el camino y me salgo por una rotonda que no corresponde. Voy por una
carretera secundaria y atravieso barrios y calles de la capital aragonesa y
tras atravesar varios pueblos aparece ante mi lo que interpreto que es una
cartuja y al acercarme compruebo que lo es y que se llama “Aula Dei”.
Nunca había oído hablar de ella. La carretera por la que
siempre he ido a este destino era otra muy diferente. Averiguo el teléfono y
les llamo para visitarles. No consigo contactar y regreso para llamarles y tras
anotar otro número diferente llamo y me atienden para poder realizar la visita.
Apenas dispongo de tiempo, menos de veinticuatro horas, y
en ese espacio temporal no pueden atenderme pero me lo pusieron muy fácil para
que en mi próximo viaje les diga que voy a ir y me atenderán con mucho gusto.
Quien me contesta al otro lado del teléfono es una valenciana y me mostró mucho
cariño con sus atenciones.
Prosigo el viaje, faltan pocos kilómetros y llego a San
Mateo de Gállego. Me acuerdo de mi amigo recientemente fallecido y durante el
recorrido compruebo que el trigo supera en altura a las amapolas las cuales
sólo reinan en los márgenes entre fincas y en las cunetas de la carretera.
Las cigüeñas, en lo alto de las torres eléctricas y del
campanario, dan de comer a sus crías y soportan el calor que hace en tierras
aragonesas a tres horas del mediodía. Los canales de agua discurren llenos y
torrenciales para llevar el preciado líquido hacia los trigales y otras
cosechas que se siembran en la zona mientras me acerco hasta el lugar de
encuentro.
Llego. Mis amigos me esperan. Besos, abrazos y ganas de
reencuentro. Esto va a empezar.








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